lunes, 31 de octubre de 2016

La formación del clero

"Pero interesa en primer lugar a los eclesiásticos, que tienen la misión de formar y cultivar la vida de sus hermanos. San Francisco de Sales decía sin rodeos que en su juventud “sacerdote” había venido a ser sinónimo de ignorante y de libertino. Nosotros no hemos llegado todavía a ese extremo, pero corremos en esa dirección. El clero está en vías de perder el sentido de las exigencias ascéticas, y sencillamente morales de su vocación. Hace ya bastante tiempo, por lo menos medio siglo, que comenzó a perder el sentido de sus exigencias intelectuales. La represión del modernismo dio como resultado convencer a los responsables de su formación, de que cuanto menos supieran, más segura sería su enseñanza. ¿No vimos, pocos años antes del Concilio, un documento episcopal que afirmaba que, siendo las herejías obra de los teólogos, había que atarlos lo más corto posible y limitarlos (under the lash, como decía Newman) a explicar a los otros, pura y simplemente, los enunciados que produjera la autoridad sin su concurso? Desde el Concilio, lejos de mejorar la situación, ha empeorado bruscamente. La mayoría de los seminarios no son ya más que escuelas de cotorreo, donde se discute sin fin, sin orden ni concierto, acerca de todo, sin estudiar nada en serio, y sobre todo sin aprender a estudiar.
La misión de las facultades teológicas no fue nunca la de formar únicamente a los profesores de seminarios, sino también la de mantener en el clero una selección intelectual, tan necesaria para la vida de las parroquias y de los diferentes movimientos de apostolado como para la formación de los sacerdotes en general. La preocupación actual del episcopado, por lo menos en Francia, parece ser la de reemplazarlas, en lo tocante a este último quehacer, por institutos prácticos-prácticos en los que los maestros de los futuros sacerdotes se forman únicamente en lo que hoy se llama la catequesis y la pastoral, cosa que hoy día significa, en concreto, en las tres cuartas partes de los casos, una pedagogía sin contenido doctrinal y la logomaquia esotérica en que se ha enfrascado gran parte de la Acción Católica. Por lo que se refiere al otro quehacer, hace mucho tiempo que las facultades no pueden ya desempeñarlo, porque los obispos parecen haber olvidado hace años que una buena formación teológica no es deseable sólo para los futuros profesores, sino para todos los sacerdotes llamados a puestos de importante responsabilidad pastoral. Si hay un punto en el que la Iglesia, en Francia, parece estar espontáneamente de acuerdo con la república, es en el hecho de estar persuadida de que no hay necesidad de sabios. No habríamos llegado al embrollo en que nos hallamos si no estuviéramos en tal situación en este mismo punto. Pero lejos de que esto cambie, todo lo que se hace o se proyecta actualmente no hace sino agravar la situación.
[...]
Ordenar hoy a mozuelos de veinticinco años, que se apresuran a hacerse llamar "padre" por hombres que habrían podido traerlos al mundo, es una absurdidad que no tiene nombre. No debería permitirse que se confieran órdenes mayores a hombres de menos de treinta años, y nadie debería ser admitido en el seminario sin haber hecho estudios superiores completos y ejercido la respectiva profesión por lo menos un año, o haber recibido una formación laboral igualmente completa, en la industria o en el campo, y haberse ganado el pan algún tiempo en esos menesteres. Mientras no se llegue a eso, mucho me temo que no haya en el sacerdocio más que eunucos o, lo que es casi lo mismo, adolescentes perpetuos, incapaces de salir nunca de un estado esquizofrénico".


Louis Bouyer, La descomposición del catolicismo, Iota, Buenos Aires, 2016, p. 122-23; 126.

domingo, 30 de octubre de 2016

jueves, 27 de octubre de 2016

miércoles, 26 de octubre de 2016

Integrismo

"El ideal eclesiástico agustiniano y gregoriano –In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas– sólo le inspira un horror invencible. Sabe demasiado bien que así se volatilizaría. Lo que necesita es la uniformidad, impuesta desde fuera y desde arriba. Y esta uniformidad será siempre sólo la de un grupo particular, de una secuela particular, de una estrecha comunidad cerrada sobre sí misma y que sólo aspire a ser católica, es decir, universal, suprimiendo de hecho o por lo menos ignorando, todo lo que no es ella. A este catolicismo de nombre, la única catolicidad verdadera, que es la unidad viva de la comunión en el amor sobrenatural, le hará siempre el efecto de ser un ideal protestante. No queriendo ser más que antiprotestantismo, o antimodernismo, o antiprogresismo, no será nunca en realidad, como Möhler lo había visto muy bien antes de Khomiakov, sino el individualismo de un clan o, en el límite, de un solo hombre (totemizado todavía más que divinizado) opuesto al individualismo de todos. Sólo podrá admitir una lengua sagrada, una tradición litúrgica (fijada para siempre con la autoridad), una teología (no tomista, pese a sus pretensiones, sino, a lo sumo de un epígono como p. ej. Juan de Santo Tomás), un derecho canónico (íntegramente codificado), etcétera. Las riquezas, tan concordantes, pero tan múltiples, tan abiertas, del pensamiento de los Padres, le serán siempre sospechosas. La plenitud de las Sagradas Escrituras, tan esencialmente una, pero amplia y profunda, precisamente como el universo, lo sofocaría; prohibirá a todos su acceso a ella y se abstendrá cuidadosamente de pescar en ella otra cosa que algunos probatur ex Scriptura aislados de su contexto, o algunas guirnaldas retóricas, como las que los últimos paganos seguían tomando de una mitología, en la que ya habían dejado de creer".


Louis Bouyer, La descomposición del catolicismo, Iota, Buenos Aires, 2016, p. 107-8.

lunes, 24 de octubre de 2016

Consistorio


Nos tomamos varios días de descanso: dos semanas sin hablar del papa Francisco. Durante estos días, el Santo Padre no solamente canonizó al Cura Brochero y a Sor Isabel de la Trinidad, recibió al presidente Macri (que le llevó de regalo una trampa para cazar zorros, comadrejas y otros tipo de alimañas, de esas que abundan en las guaridas vaticanas) sino que también anunció un Consistorio. Es decir, Bergoglio se hace fecundo en diecisiete nuevos cardenales, de los cuales trece serán electores de sus sucesor.
La novedad, según la han reportado los medios de prensa, es la universalidad de la Iglesia manifestada en la variedad de purpurados, muchos de los cuales representan a países que nunca tuvieron cardenales. Y así, tenemos un cardenal de la República Centroafricana, otro de Papúa, otro de Dhaka y otro de las Islas Mauricio por ejemplo. 
Se trata, por cierto, de una nota de color; un nuevo garabato de los que gusta diseñar el Papa, como niño que pintarrajea un cuaderno aunque, por cierto, en todo esto hay gato encerrado. Estos pintorescos cardenales de lugares remotos, en la realidad del cónclave -que es lo importante-, son cardenales de adorno. A la hora de votar, ellos votarán al que les indique el bwana  o el huinca, a no ser que algún africano corajudo se les retobe como pasó el sínodo. Por eso, resulta más interesante correr el velo de quiénes son los verdaderos cerebros que recibirán el capelo el mes próximo. 
Destaca, por supuesto, Mons. Blase Cupich, arzobispo de Chicago, líder indiscutido del progresismo americano. Una especie de Bergoglio yankee, que se opone, por ejemplo, a la guerra cultural que promueven las organizaciones pro-vida o anti-gay. Ya conocemos la monserga: no hay que hablar negativamente; el mundo ya sabe que estamos en contra del aborto y de las prácticas homosexuales (?), pero no lo digamos. Seamos positivos. Hablemos de lo que nos une y no de lo que nos separa. Y así, no se unió a la mayoría de obispos americanos que en 2004 advirtieron que la Sagrada Comunión no podía ser recibida por los políticos que favorecieran el aborto, y dos años más tarde, con su actitud de favorecer el diálogo “civilizado” terminó impidiendo que en Dakota del Sur se prohibiera el aborto. En el plano litúrgico es un acérrimo defensor de todas las reformas del Vaticano II e, incluso, prohibió en 2002 la celebración de la liturgia tradicional. Finalmente, no es un dato menor que haya sido el sucesor en la sede del cardenal Francis George, caracterizado por ser lo opuesto a Cupich: firme en la defensa de la doctrina de la Iglesia y favorable a la liturgia tradicional.
Mons. Josef De Kesel, arzobispo de Malinas-Bruselas, es otro de los cardenales. Se trata del protegido y mano derecha del anciano cardenal Daneels, uno de los progresistas más furibundos de Europa, encubridor de sacerdotes pedófilos y activo participante de la reunión de Saint-Gall donde se decidió la elección de Bergoglio, según él mismo declaró. Totalmente alineado con la teología de Kasper, De Kesel es favorable, entre otras cosas, a que los re-casados puedan recibir la comunión. Hace pocos meses se pronunció por la conveniencia de la abolición del celibato obligatorio para el clero latino. Y sumó otra declaración: “Soy muy respetuoso de los gays y de su modo de vivir la sexualidad”. Un dato a tener en cuenta es que sucedió en la sede a Mons. André-Joseph Leonard, un obispo conservador, de la línea teológica de Benedicto XVI, que había establecido como prioridad de su arquidiócesis, cuando asumió, las vocaciones y la liturgia. Fue, por cierto, ninguneado por Francisco y su renuncia aceptada casi de inmediato. 
Mons. Kevin Farrell, americano y ex-Legionario de Cristo, es el prefecto del nuevo dicasterio para los laicos. No es progresista, sino que es un neocon juanpablista de la peor especie. Y como muestra basta un botón: hace pocos días, en una entrevista, cuando se le preguntó acerca de la confusión producida por el documento pontificio Los amores de Leticia, Farrell aseguró que el Papa ya lo había explicado todo, y lo decía en referencia a la carta que Bergoglio envió a los obispos de Buenos Aires hace algunas semanas y que reprodujimos, en primicia, en este blog. Y agregó Farrell que en esa exhortación apostólica “habló el Espíritu Santo”. Un disparate completo. Parece el lenguaraz del brujo de la tribu que asegura a los atemorizados súbditos que quien habla por boca del chamán es el mismo dios tribal. Me pregunto qué dirá cuando se encuentre con el cardenal Burke, que asegura que el tal documento no forma parte del magisterio de la Iglesia. 

En fin, podríamos seguir. Es cuestión de googlear los nombres. Claramente, Bergoglio se está asegurando que su progenie sea a su imagen y semejanza. Como ya dijimos, y repetimos, lo peor no es Bergoglio sino el post-Bergoglio.

domingo, 23 de octubre de 2016