viernes, 30 de septiembre de 2016

sigue sigue olvida lo que te hace mal
















Yobailopogo!
 -sigue sigue y nunca digas nunca jamas-

Pour en finir

Para terminar con una semana dedicada a Bouyer, copio un párrafo genial de La descomposición del catolicismo
Está aquí condensado gran parte del problema que ahora estamos sufriendo: la hipertrofia del papado, lo cual nos ha convertido ya no en católicos sino en papólicos. Muchos fieles de buena fe creen que, para ser católicos, hay que afirmar la soberanía regia y absoluta del papado por sobre todo, incluso, por sobre la Tradición. La religión católica consistiría en ser la religión que sigue y obedece al Papa, y vemos, por ejemplo, que las publicaciones católicas -desde "Cristo Hoy" hasta cualquier hojita parroquial- dedica muchísimo más espacio a comentar la última payasada que hizo o dijo Francisco que a profundizar en el Evangelio o en las enseñanzas de los santos.  
Yo no soy católico porque sigo al Papa. Yo soy católico porque sigo a Cristo dentro de su Cuerpo Místico que es la Iglesia, la que me enseña a través de sus Padres y Doctores. Mi fidelidad es a esa Iglesia de siempre 
Sólo eso, y nada más que eso.

“La antigua teología, la de los Padres, y también la de los más grandes escolásticos, reconocía en la Iglesia un doble ministerio, aunque profundamente uno: el de enseñar la verdad divina y el de proponer su misterio vivificante en la celebración sacramental. La autoridad, concebida como esencialmente pastora, no aparecía como propiamente distinta de la función docente. Esto se debía no sólo al hecho de que entonces no se olvidaba que la verdad evangélica es verdad de vida, sino también a la concepción misma que se tenía de la ley. Santo Tomás la expresó con una maestría tal, que la exposición que ofreció de ella es una de las piezas más duraderas de su sistema. Según él, en efecto, en todo terreno, tanto sobrenatural como natural, no hay ley digna de este nombre que sea distinta de una aplicación concreta a las circunstancias, de la ley eterna que está incluida en la naturaleza de Dios y de sus obras. Por consiguiente, hacer leyes justas y velar por su aplicación no es sino una consecuencia de la capacidad de enseñar la verdad. Si, como lo pensaban ya los antiguos filósofos, los únicos políticos dignos de tal nombre sólo pueden ser sabios, en la Iglesia, a fortiori, la función de regir al pueblo de Dios no es, pues, más que un apéndice de la función de instruirlo en las cosas divinas.
Pero desde la Edad Media se manifiesta ya la tendencia a querer cambiar todo esto. Se comenzará queriendo hallar en la Iglesia las tres funciones, la regia, la doctoral y la sacerdotal, atribuidas a Cristo, y aparecerán ya esbozos de la tentación de reabsorber en la función regia las funciones doctoral y sacerdotal. El escotismo, y tras él los nominalistas, introducirán en su concepción de Dios mismo esa noción fatal de la potentia absoluta, según la cual podría Dios, con sólo quererlo, hacer que el mal fuera bien y el bien, mal. En la reacción contra la anarquía eclesiástica de la Reforma, una nueva eclesiología, que hasta entonces se iba buscando todavía, aparecerá repentinamente como la única eclesiología posible. Esta eclesiología, que es quizás el elemento más típico del catolicismo postridentino, no será prácticamente sino una eclesiología de “poder”. En estos últimos tiempos se ha citado, para reprobarla, la célebre fórmula de Belarmino: “La Iglesia católica es visible como es visible la república de Venecia”. Pero resulta curioso que lo que más parece escandalizar en esta fórmula es su afirmación de la visibilidad de la Iglesia. Sin embargo, lo que tiene de verdaderamente escandaloso no es afirmar que es visible la Iglesia, en particular su unidad, aunque no todo sea en ella visible, sino concebir esta visibilidad como la de un poder político, y precisamente de un poder que es la primera especie de dictadura política.
Desde el momento en que se entró por este camino se puede ya proclamar que la autoridad es la guardiana de la tradición, y hasta creerlo y quererlo sinceramente y por lo tanto exaltar dicha autoridad, que de hecho vino a remplazar a la Tradición. Una autoridad que, en efecto, no tiene otra norma que a sí misma, puesto que se ha hecho de ella algo absoluto, propenderá invenciblemente a decir: Stat pro ratione voluntas. De servidora de la verdad se convertirá, o estará en vías de convertirse, en su dueña. El intérprete fiel está en trance de ser sustituido por el oráculo que decide su talante”.

Aclaración: Por por problema de Blogger (es lo que yo pienso), ha desaparecido de la columna de la derecha el listado de blogs favoritos. Si en un par de días no se soluciona, los cargaré nuevamente.

jueves, 29 de septiembre de 2016

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Encore Bouyer


A raíz de algunos comentarios, es pertinente algunas aclaraciones con respecto a Bouyer, sobre todo para quienes aún no lo han leído, a fin de que sepan a qué atenerse:
  1. Dije que, a mi entender, es el mejor teólogo del siglo XX junto, quizás, a Congar y von Balthasar. Que lo ubique en esa categoría no implica considerar a Bouyer como el gurú a quien hay que seguir vaya donde vaya. Ese seguimiento se debe solamente a Nuestro Señor, que se revela a través de la Escritura y la Tradición según se manifiesta en los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia.
  2. No implica tampoco que concuerde con Bouyer en todo. Me parece excelente en su teología sistemática, por ejemplo, en la trilogía dedicada a las personas trinitarias. Su libro “El Trono de la Sabiduría” dedicado a la Santísima Virgen es insuperable. Sus obras espirituales son de mucho provecho: “El sentido de la vida monástica”; “Introducción a la vida espiritual” o “El misterio litúrgico” (uno de los libros de más provecho espiritual que he leído). Sus obras exegéticas también son buenas. De hecho, uno de los especialistas en Sagradas Escrituras más importantes del país -y de la mejor línea- enseña San Juan con su “El cuarto evangelio”. 
  3. Sin embargo, no me convencen sus obras sobre liturgia. Fue uno de los primeros integrantes del Movimiento Litúrgico y fundador de “Centro de Pastoral Litúrgica”. Fue crítico de varios aspectos de la liturgia tradicional. En algunas de ellas estoy de acuerdo; en otras no. Junto con sus colegas, elaboró entre los ’40 y los ’50 propuestas de reforma litúrgica. Varias se tuvieron en cuenta en la reforma conciliar, y resultó ser un desastre. Por ejemplo, la orientación del sacerdote durante la celebración y la introducción de la lengua vulgar. Fue un iluso y un ingenuo. Cuando se dio cuenta de lo que estaban haciendo, y de lo que hicieron, ya era tarde. Sin embargo, no sería justo quedarse con la imagen de Bouyer que aparece en el libro sobre la reforma litúrgica de Didier Bonneterre. Es una visa parcial y, en cuanto tal, injusta.
  4. No me gusta tampoco la tirria que le tenía a los que llamaba “integristas”, y que aparecen, por ejemplo, en el capítulo II de “La descomposición del catolicismo”. Se refiería al ultramontanismo más decadente que había sufrido en carne propia, con sus estrecheces mentales y su testa dura. Sobre el fenómeno de la Fraternidad San Pío X tuvo una visión bastante ecuánime, y la dio a conocer en un texto de 1978 y que publicó Rorate Coeli. Siempre abogó porque la misa tradicional pudiera celebrarse libremente.

En fin, creo que es un autor que hay que leer. No tiene sentido la descalificación en bloque. No es inteligente. No sirve.

martes, 27 de septiembre de 2016

yo no lo niego, yo estoy bien pendejo






















Yobailopogo!
 -como todos los hombres, 
somos unos pendejos-

lunes, 26 de septiembre de 2016

La descomposición del catolicismo

Louis Bouyer fue el mejor teólogo del siglo XX. El podio quizás podría completarse con von Balthasar y Congar, más allá de que me gusten mucho o poco sus teologías. Bouyer, sin embargo, fue capaz de escribir no solamente monumentales tratados teológicos como su trilogía dedicada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sino también ingresar con la solidez de sus argumentos y de su formación en las fuertes discusiones teológicas que tuvieron lugar durante el siglo pasado. Y lo hizo a través de libros polémicos pero irrefutables. En ellos, además, volcó un cierto don de profecía que no le venía de alguna iluminación particular sino de la agudeza de su inteligencia. Escribía, por ejemplo, en 1968: “Yo no sé si -como se dice- el Concilio nos ha liberado de la tiranía de la Curia romana, pero lo cierto es que nos ha entregado, después de haberse entregado él mismo, a la dictadura de los periodistas, y sobre todo, de los más incompetentes y los más irresponsables”. Nunca más actuales estas palabras cuando elpapa Francisco dirime la cuestiones magisteriales buscando el agrado y la aquiescencia de los medios, y sus voceros más autorizados suelen ser periodistas de la calaña de Elizabetta Piqué o de Alicia Barrios. 
Bouyer fue pastor de la iglesia luterana de Francia y se convirtió al catolicismo poco antes de la Segunda Guerra Mundial, ordenándose sacerdote en el Oratorio francés. Aseguraba que debía su conversión a la liturgia, a la enseñanza de los Santos Padres y del cardenal Newman, de quiene escribió una biografía que, Dios mediante, pronto será traducida al español (“La mejor biografía de Newman”, según algunos conocedores). Enseñó en el Institut Catholique de Paris y en varias universidades americanas. Fue perito e integrante de varias comisiones del Concilio Vaticano II. Renunció a todas porque se daba cuenta que nada podía hacerse, y le resultaba insoportable tener que estar bajo las órdenes de “completas nulidades”. Por ejemplo, sirvió en la comisión preparatoria dirigida por el cardenal Pizzardo. Bouyer observaba que, si la KGB hubiese querido infiltrar la Iglesia, no habría encontrado mejor método para hacerlo que nombrar a Pizzardo prefecto de la Sagrada Congregación de Seminarios, cosa que hizo Pío XII. Y de modo similar se refiere a otros purpurados como Marty o Lercaro.
Es que Bouyer jamás perdió su libertad de decir lo que consideraba que era la verdad. No aceptó fidelidades de partidos, ni de escuelas, ni de congregaciones. Su única fidelidad fue a la Verdad. Tenía como enemigo al error y a la mentira, estuvieran éstos a la derecha o a la izquierda y, como no podía ser de otro modo, fue perseguido por progresistas y tradicionalistas; por jesuitas y dominicos; por curas y obispos. 
Fue el autor de la llamada “Plegaria eucarística II”, que los curitas de línea media llaman “de San Hipólito” pero que, en realidad, debería ser llamada “anáfora al tuco” porque fue redactada a las apuradas en una trattoria del Trastévere luego del pranzo, a fin de acercarle un borrador al temible Bugnini quien, tiempo después, la publicó tal cual la recibió otorgándole el mismo estatus que el Canon Romano. Bouyer relata el caso para mostrar la “seriedad” que con se hizo la reforma litúrgica. Y remata con su clásica sentencia: "Si la liturgia romana era un cadáver antes del Vaticano II -tal como algunos decían-, después del Concilio es el mismo cadáver en estado de putrefacción.
Y se hartó. A fines de los ’60 renunció a la Comisión Teológica Internacional en la que había sido nombrado por Pablo VI. Se retiró a una abadía en ruinas en el norte de Francia y, durante el verano, a una modesta casa que había comprado en Normandía. Fue en este periodo de doce años en el que se desarrolló su mayor producción intelectual. 
Se retiro... “¡Derrotista!”, gritarán algunos. “Escapista”, otros.¿Vale la pena responderles? Sí, con Tolkien, que fue uno de sus más preciados amigos. 
¿Derrotista? Escribía Tolkien en 1956: “Soy, de hecho, cristiano, y católico apostólico romano por lo demás, de modo que no espero que la ‘historia’ sea otra cosa que una ‘larga derrota’, aunque contenga (y en una leyenda puede contener más clara y conmovedoramente) algunas muestras o atisbos de victoria” (The Letters of J.R.R. Tolkien, ed. H. Carpenter, Allen&Unwin, London, 1982, p. 255). 
¿Escapista? “Muchos confunden -dice Tolkien- la evasión del prisionero con la huida del desertor” (“Sobre los cuentos de hadas”, en Árbol y hoja, Barcelona, Minotauro, 1994, p. 70). Y digo yo: ¿para quiénes es el “escapismo” un crimen tan atroz? Para los carceleros, naturalmente, de la clase que sean. 
Toda esta introducción sobre Bouyer, de quien ya hemos hablado abundantemente en este blog, es para presentar la edición española de La descomposición del catolicismo, escrita en 1968, cuando terminó de hartarse de todo lo que que estaba sucediendo en la Iglesia como consecuencia del Concilio Vaticano II. 
Es breve y de lectura imprescindible. Muchas de las cosas que hoy estamos viendo -“estos lodos”- serán comprendidas cuando conozcamos “los polvos” de los cuales surgieron.
El libro fue editado por Iota y lo distribuye Vórtice. Mayor información aquí


P. S.: Quienes deseen mayor información -en español- sobre la peregrinación Summorum Pontificum, pueden ingresar aquí.

domingo, 25 de septiembre de 2016